I like to give my pictures to writers. They construct a story based on my images. This time the excellent writer that helped me to create this mini-project is Julio Teruel, a Spanish writer who recently wrote a marvelous book full of captivating short tales “No Todo Va a Ser Sexo” (not everything is going to be sex).

 

 

I took this pictures in 2015 winter in Prospect Park, a night that I was taking a walk there. The reflection on the snow, made by the light of a red-light, projected on the snow, called my attention.

 

 

THERE ARE NO MORE PRINCESSES (Texto original en español más abajo)

Sonia was not there. It was inconceivable, but she wasn’t there. He climbed up the stairs and rushed into the kitchen, covered with three blankets and chasing the breath that pointed the way as it came out of his mouth. Nothing, she wasn’t there either. Without stopping to catch his breath, he pushed Dog out of the way with his foot, and went to the window. He rubbed the glass with the corner of one of the blankets, stuck his nose to it and framed his face with his hands. He frowned, concentrated on looking. But outside there was only the usual. Snow and not a trace of sunshine. He tried to pace his breath as he opened and closed his right fist.

There were no tracks in the garden.

He returned to the basement. Dog stared at him from the top of the stair, obedient. He studied the details. The mattress in place with folded blankets, the table cleared, markers in the pencil holder, movies sorted by genre and magazines by date. The chamber pot was empty and the walls intact, without stains or bumps. He ran his hand across his forehead to wipe off the sweat. He was shivering and sweating.

He opened the desk drawer. Drawings. A man and a woman holding hands and, a short distance away, what looked like a girl. A forest. Another forest. A snowy landscape it would seem. An orange cat. Red scribbles. A two-story house, an orange cat, a slide and a man and a woman and a girl. More scribbling. Another forest. A dog. A fat man and a dog. A gun. A forest on a sunny day. More scribbling. He closed the drawer and slammed his fist on the table, which made it one of the blankets slip from her shoulders. He yelled “where the fuck are you,” and got a bark for an answer. He bent down to pick up the blanket, leaning on the table with one hand and bending his knee. And he heard the gunshot and something burning on his shoulder blade.

Sonia started up the stairs slowly, against the wall, shoes in one hand, gun in the other, and stared at Dog up there, looking at her with his head cocked, tongue hanging above the premolars and ears pricked. She stopped, put her shoes down and pulled a paper ball out of her dress. She reached out, squeezed the ball. Dog lowered his head without losing sight of Sonia’s hand. She moved her hand to the left and then to the right. Dog followed the movement with his nose. Sonia threw the ball to his left, toward the mattress. Dog sprinted downstairs, brushing past Sonia and lifting up her princess dress.

She climbed the six steps that remained. She closed the basement door, put on her shoes and ran to the kitchen. She climbed onto the counter, opened the window and jumped. She sank into the snow. She looked back and saw Dog in the window with the paper ball in his mouth. She groaned, waved her arms and moved her legs. She wanted not to cry. She dug her way out of the pit and began to crawl, sipping snot and without noticing the cold on her knees. She turned her head again and no longer saw Dog. Breathless and soaked she came to the fence, unbolted it and rolled to the curb. She got up, stumbled. And she started running as she had dreamed she would be able to run. She ran as if not wearing Cinderella shoes. She did not know where, there were no lights, no cars or anything. Only snow. But she ran. With her fairytale dress and a gun in one hand. Dirty hair and broken fingernails. Eyes red from crying and not sleeping, and bruised arms.

Upon entering that town she stopped running and stood in the middle of the street. Waiting. But there was nothing to upset the white desert. As if she was the only girl in the world. There were not even birds, nor wind.

Only snow.

And street lamps that would light up automatically. Traffic lights that changed color for nobody. Cars buried under ice and trash cans resisting, as if there was still someone to produce garbage.

She crossed her arms and started walking, following the tracks left by a car and a trail of what looked like oil. Or blood. At least it was not white.

Two black silhouettes.

Two men.

Adults.

Like the sweaty fat man who showed up in the yard five months ago when she was drawing on the lawn and mom was on the phone with Aunt Sara. It was the first time she saw a gun. When mom hung up and looked out the window it began to snow and Sonia was not there. It was those films and those magazines that taught her how to hold a gun. Mom would have never let her watch those films or see the photos in those magazines.

When the two men were a little closer, almost close enough to see their faces under their woolen hats, Sonia stretched her arms, tightened up, winked one eye and started shooting.

Julio Teruel

 

YA NO QUEDAN PRINCESAS

Sonia no estaba. Era inconcebible, pero no estaba. Subió a saltos por las escaleras y se precipitó a la cocina, cubierto con tres mantas y persiguiendo el vaho que al salir de su boca marcaba el camino. Nada, allí tampoco estaba. Sin detenerse a recuperar el resuello, apartó a Dog con el pie y fue a la ventana. Con la esquina de una de las mantas frotó el cristal, allí pegó su nariz y enmarcó su cara con las manos. Frunció el ceño, se concentró en mirar. Pero afuera sólo había lo de siempre. Nieve y ni un rayo de sol. Intentó acompasar la respiración mientras abría y cerraba el puño derecho.

No había huellas en el jardín.

Volvió al sótano. Dog se quedó mirándole desde lo alto de la escalera, obediente.  Estudió los detalles. El colchón en su sitio con las mantas dobladas, la mesa despejada, los rotuladores en el cubilete, las películas ordenadas por géneros y las revistas por fecha. El orinal vacío y las paredes intactas, sin manchas ni golpes. Se pasó la mano por la frente para despejarla de sudor. Tiritaba y sudaba.

Abrió el cajón del escritorio. Dibujos. Un hombre y una mujer de la mano y, un poco apartada, lo que parecía una niña. Un bosque. Otro bosque. Un paisaje diríase nevado. Un gato naranja. Garabatos rojos. Una casa de dos pisos, un gato naranja, un tobogán y un hombre y una mujer y una niña. Más garabatos. Otro bosque. Un perro. Un hombre gordo y un perro. Una pistola. Un bosque en un día soleado. Más garabatos. Cerró el cajón y pegó un puñetazo sobre la mesa, lo que hizo que una de las mantas se deslizara de sus hombros. Bramó un “dónde coño estás” al que le respondió un ladrido. Se agachó a recoger la manta, apoyándose en la mesa con una mano y doblando la rodilla. Y oyó el disparo y algo que le quemaba en el omoplato.

Sonia empezó a subir las escaleras despacio, pegada a la pared, con los zapatos en una mano, la pistola en la otra y los ojos fijos en Dog, allá arriba, mirándola con la cabeza ladeada, la lengua colgándole por encima de los premolares y las orejas de punta. Se paró, dejó los zapatos, y sacó del vestido una pelotita hecha de papel. Extendió el brazo, estrujó la pelota. Dog bajó la cabeza, sin perder de vista la mano de Sonia. Movió la mano a la izquierda y luego a la derecha. Dog siguió el movimiento con el hocico. Sonia tiró la pelota a su izquierda, hacia el colchón. Dog esprintó escaleras abajo, rozando a Sonia y dándole vuelo al vestido de princesa.

Trepó los seis escalones que restaban. Cerró la puerta del sótano, se puso los zapatos y corrió a la cocina. Se encaramó a la encimera, abrió la ventana y saltó. Se hundió en la nieve. Miró hacia atrás y vió a Dog en la ventana con la pelota de papel en la boca. Gimió, agitó los brazos y movió las piernas. Quiso no llorar. Escarbando consiguió escapar de su fosa y empezó a reptar, sorbiendo mocos y sin notar el frío en las rodillas. Volvió a girar la cabeza y ya no vio a Dog. Sin aire y empapada llegó hasta la valla, descorrió el cerrojo y rodó hasta la acera. Se levantó, se tropezó. Y empezó a correr como había soñado que sería capaz de correr. Corrió como si no llevara zapatos de Cenicienta. No sabía a donde, no había luces ni coches ni nada. Solo nieve. Pero corrió. Con su vestido de cuento y la pistola en una mano. El pelo sucio y las uñas rotas. Los ojos rojos de llorar y no dormir y los brazos marcados.

Al entrar en aquel pueblo dejó de correr y se quedó en mitad de la calle. Esperando. Pero nada variaba el desierto blanco. Como si fuera la única niña que existía. Ni siquiera pájaros, ni viento.

Sólo nieve.

Y luces de farolas que se encendían de forma automática. Semáforos que cambiaban de color para nadie. Coches sepultados bajo hielo y papeleras resistiendo, como si aún alguien produjera basura.

Se cruzó de brazos y se puso a caminar, siguiendo las huellas dejadas por un coche y un rastro de lo que parecía aceite. O sangre. Al menos no era blanco.

Dos siluetas negras.

Dos hombres.

Adultos.

Como el gordo sudoroso que apareció en el patio hacía cinco meses, cuando ella dibujaba en el césped y mamá hablaba por teléfono con la tía Sara. Fue la primera vez que vio una pistola. Cuando mamá colgó y miró por la ventana, empezaba a nevar y Sonia no estaba. Fueron aquellas películas y aquellas revistas las que le enseñaron cómo agarrar la pistola. Mamá nunca le habría dejado ver esas películas ni las fotos de aquellas revistas.

Cuando los dos hombres estuvieron un poco más cerca, casi como para verles las caras bajo sus gorros de lana, Sonia estiró los brazos, hizo fuerza, guiñó un ojo y empezó a disparar.

Julio Teruel